miércoles, 23 de julio de 2008

Silent Cry [Feeder]

Contundentes como nunca

Feeder vuelve con un completo sexto álbum que devuelve como nunca el sonido sólido y con carácter de siempre pero a su vez con la limpieza y ternura de sus últimos dos álbumes.

Con Seven Days in the Sun, Just a Day o Buck Rogers, la banda que naciera en Gales archidemostró que son una de las delicias musicales más apta para sonorizar un verano. Pues con Silent Cry lo han vuelto a hacer. Tras la muerte del batería Jon Lee, el resto de sus fundadores (Taka Hirose y Grant Nicholas) cayeron en una depresión que les mantuvo en mitad del abandono y la creación de una obra de arte como disco. Así dieron el paso hacia un nuevo día con Confort In Sound, y posteriormente siguieron esa melancolía pero con una mayor paz espiritual con Pushing the Senses. Estos dos discos calaron en el estilo de Nicholas y los suyos, pero ahora la contundencia ha vuelto a enchufarse a los amplificadores y altavoces de este trío aún joven. Su nuevo batería desde el suicidio de Lee, Mark Richardson, es un ganso atizando con las baquetas, y eso se agradece a la hora de crear un sonido de rock que cada vez es más indie. Esta fuerza del bataca de Leeds va acompañada de la voz con alma grunge de Nicholas y el carismático bajo de Hirose, experto en bordar una perfilada producción en sus álbumes y hacerse notar en los conciertos.

El más claro ejemplo de todo este remolino de velocidad y poderío esta ya en su primer single: Miss You. Las letras de sus discos siguen siendo melosas y poéticas como solo Grant Nicholas sabe escribir. Junto a ella esta Itsumo, una pasional pieza también muy Feeder, donde la letra se enlaza con la música de manera sublime, y donde la distorsión se hace melodía una vez más en las serenatas de estos tres hombres. Tracing Lines no puede saber más a verano, podría decirse incluso que es la Buck Rogers de la nueva era Feeder, divertida, rápida, viva pero con versos delicados y enternecedores (sin pasarse). 8:18, aparte de ser una hora en la que no apetece levantarse un domingo, es uno de los temas que arrancan melódicos y algo ñoños para dar un gran salto ultrasónico en el estribillo, otro ingrediente ‘feederiano’ que no podía faltar. Con Into the Blue saboreamos la sensualidad y la chulería de Feeder, donde se nota la influencia The Police en sus primeros años, con todo su descaro y cambios ritmos vacilones, de las mejores.

El resto de temas flota en una vertiente que mezcla los últimos álbumes, la voz en eco de Grant junto con su entonación a lo Interpol y una producción moderna que sabe a The Killers en sus teclados y sintetizadores. We’re the People es el nuevo himno de la banda, una canción de grandes espacios, bonita y esperanzadora en la lírica. La belleza prosigue con obras como Silent Cry, la que le da título al álbum y se presenta rodeada de violines, guitarras limpias en sus versos pero distorsionadas en los estribillos, muy sentimental. Fires sigue la misma tónica, pero con herramientas más electrónicas, ritmos más rápidos, y con una línea tan pegadiza que conduce la catarsis de la canción: “she lights the fire then she goes, below”. Helds Held High empieza como una Summer’s Gone y va acompañada por una voz de Nicholas temblorosa, muy al estilo Interpol. Oscura y conducida por violines alineados con sonidos electrónicos, desemboca en un final con grito de lucha y esperanza. Este registro de voz y la electrónica de The Killers sigue en Who’s The Enemy, tema de una base grave pero sintonizado con el sonido agudo de los violines y las guitarras eléctricas.

Este álbum también cuenta con su interludio, que consiste en una doble voz de Nicholas con unos teclados y sonidos electrónicos de fondo al estilo post-Kid A de Radiohead. Éste mismo micro-tema nos conduce a un final donde vemos a una carismática Guided by a Voice que cada vez cae más simpática en estos días de quemazón. Sonorous es un “fin de fiestas” que cierra el disco con acordes oscuros, pero poderosos y con vistas al frente. Es la supervivencia al sufrimiento y las ganas de abandonar, una de las mejores opciones para cerrar el telón de un álbum como este Silent Cry.

En cuanto a las canciones bonus que se encuentran en la edición especial, merece mención especial Every Minute, una verdadera joya de indie rock donde todos brillan, y tanto como esta como Yeah Yeah disfrutan de una producción propia de temas de álbum, no dan apenas sensación de ser caras b o canciones de repuesto/reciclado. Quizás por su estructura monotema no habrían encajado perfectamente como un tema más en el disco, pero por fuerza y carácter se merecen sobradamente una plaza en el sexto LP de Feeder.


domingo, 13 de julio de 2008

Funny Games U.S. [2007]

Crueldad tolerable

Una obra de exquisita interpretación donde 5 actores provenientes de diferentes generaciones (Naomi Watts, Tim Roth, Michael Pitt, Brady Corbet y el joven Devon Gearhart) bordan un ‘remake’ del film de terror y suspense austriaca Funny Games 13 años después.

Sociedad, familia, estudios, situación económica… si alguien esta bien posicionado en todas estas categorías, difícilmente será sospechoso de asesinato. Funny Games quiere reírse de manera cruel sobre esta idea que se afinca en la mayoría de las personas que juzgan a un extraño por primera vez.

Una casita junto al campo rodeada de lagos y naturaleza. Un lugar tranquilo donde desconectar de todo y relajarse. Dos chicos extremadamente educados que se presentan en la casa de la familia Farber terminan complicando la situación de manera tan insospechada como cruel. Paul (Michael Pitt) y Peter (Brady Corbet) se divierten jugando, humillando y torturando a la familia, como apenas tiempo para la censura a lo largo de la cinta. Es una familia feliz y 'normal' contra un par de chicos perversos depravados y locos, pero, ¿quienes son los malos realmente? Parece fácil la respuesta pero la moralidad desaparece en el transcurso de la historia, y esos tres miembros de la familia que tanto sufre bien podrían ser las personas que más odiamos y entonces aplaudiríamos aquellos actos a sangre fría que la pareja de niños bien les hacen pasar.

El film es de pasos lentos, de tal manera que la tortura sabe más agónica y donde los actores aguantan su sentimiento de perdida constante durante la historia. Esta es la típica película que serviría de excusa a la hora de explicar las razones de porque un chico de 19 años mató a su familia. Sería un comodín fácil para aquellos que se hartan de investigar las razones por las que esa persona cometió ese asesinato sin una clara razón. En los tiempos en los que la violencia es cada vez más aceptada en el cine, la justificación parece ser perfecta. Yo os invito a que miréis más allá, que no os sintáis depravados si os reís con una escena ya que no debemos nunca olvidar que esto es ficción, ya que meterse en la película no siempre implica pasar esa barrera de realidad/ficción. A aquel que le encante esta película que no piense que se va a convertir en un asesino cruel y sin razón aparente, y a aquel que le invite a salir de la sala antes de finalizar el encuentro cinematográfico, que se mire eso, porque a estas alturas del siglo XXI es absurdo escandalizarse por un film que tiene más de mensaje que de depravado, para eso ya tenemos la realidad ahí fuera, siempre mucho más cruel y sin ningún tipo de justificación aparente.



jueves, 3 de julio de 2008

Tokio Blues: Norwegian Wood

La nostalgia de los 20 años a la nipona

No es que cuenta sino como lo cuenta. Con Tokio Blues: Norwegian Wood El escritor japonés Haruki Murakami se introduce en la primera persona de un chico para vivir sus experiencias amorosas, sexuales y los varapalos de la vida. Algo muy simple pero contado con una naturalidad que sorprende.

Toru Watanabe es el protagonista de esta historia, quien narra como dio de si su vida desde el momento que alcanzó la mayoría de edad. Este chico sufre y disfruta en unas páginas rodeadas de referencias musicales de la época y la dificultad de rellenar un puzzle de su vida que ve incompleto. Las piezas que va encontrando para salir adelante con su drama interno tienen forma de chicas que le adoran, amigos que le corrompen y un mundo y acontecimientos tan intensos que tendrá que demostrar toda su madurez y templanza para no caer en la desesperación. Cada tarde que el protagonista destaca de aquellos años maravillosos son aventureros, diferentes y excitantes; tanto que nos hace querer saber más, no de que pasará, sino de cómo pasará y como todos reaccionarán.

Este best-seller internacional nipón tiene algo que la hace ser universal. Lo primero es que sin quererlo apenas, muestra una postal clara y curiosa de lo que era (y es, en algunos casos) Japón en los 70 y el mundo que rodeaba a los jóvenes como los protagonistas de Tokio Blues. La segunda es su carácter mundano que hace que el amor o el sexo sean igual en Tokio, New York o Madrid, ya que las inseguridades, miedos, reacciones y pasiones no parecen ser muy distantes de nuestras culturas a pesar de la lejanía del país. Murakami se pasea por los escenarios que el mismo construye de manera tan cómoda que parece que ya estaban allí y el se limita a describir. Lo mismo pasa con los diálogos, ya que la manera de responder y actuar de los que viven esta historia, sea predecible o no, da la impresión de una gran naturalidad, inocencia y honestidad.

Destacan las varias escenas eróticas que llenas las páginas de este libro publicado el 1987 en Japón. Lejos convertirse en la atracción morbosa para atraer a aquellos que necesitan una chispa para arrancarse a leer un libro oriental, las palabras que pega el autor a la hora de describir estas escenas hacen primar los pequeños detalles, la belleza, la dificultad, el drama y el jadeante deseo erótico que alcanzan los inexpertos amantes de la obra.
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